Hay noches en las que el sueño no llega. No es que se haya perdido por ahí, entre las sábanas. Es que tu cabeza lo ha ahuyentado a fuerza de preguntas sin respuesta, de frases que debiste decir (o que no debiste), de escenarios que se repiten como una película rota.
El insomnio no siempre es silencio. A veces es un griterío interno que solo tú escuchas. Es la mente acelerada, esa que de día logras disimular con tareas, sonrisas y café, pero que de noche se revela. Se quita el disfraz y empieza a desplegar sus fantasmas: los “¿y si…?”, los “¿por qué no…?”, los “tendría que haber…”.
Es agotador, ¿verdad?
El cuerpo pide paz, pide oscuridad, pide descanso.Pero la cabeza tiene otros planes: prende todas las luces, abre todos los archivos, reproduce cada conversación, cada gesto, cada mirada. Y tú ahí, en medio, como un testigo sin poder de veto.
A veces el insomnio es una señal.
Un aviso de que algo dentro necesita atención, cuidado, o tal vez solo un poco de verdad.
Es la versión nocturna de esa amiga que te dice lo que no quieres escuchar, pero lo hace porque te quiere.
Entonces, ¿qué hacemos en esas noches largas? Algunas personas cuentan ovejas. Yo, a veces escribo. O respiro hondo y dejo que los pensamientos pasen como nubes oscuras, sin aferrarme a ninguno. O simplemente acepto que esta noche toca velar. Que no todos los duelos se hacen de día, y no todas las batallas necesitan testigos.
Si estás pasando por una de esas noches, quiero que sepas algo:
Llega un momento en que la mente, exhausta, cede.
Hasta entonces, respira.
No luches contra la noche. Acomódala a tu lado.
Quizás solo necesitaba que le prestaras atención.
